PASTO PARA TODOS. El debate sobre los parques públicos: Verde que te quiero verde

¿Qué buscan los chilenos en un parque? ¿Y qué encuentran? El tema ha tomado vuelo tras conocerse la difícil situación del Parque O’Higgins y la Quinta Normal, y los anuncios de nuevos parques. ¿Somos capaces de mantenerlos?

ELENA IRARRÁZABAL SÁNCHEZ

Alone protestó aterrado cuando anunciaron la instalación de Fantasilandia en pleno Parque O’Higgins, cercano a su residencia. Le contestaron que nada se oiría ni vería, gracias a un cerco vegetal. Mala suerte, las predicciones no se cumplieron. Según Miguel Laborde, justo frente a la casa del crítico literario quedó una de las mayores atracciones del recinto: un gigantesco pulpo mecánico, cuyos usuarios hacían tiritar al vecindario con sus aullidos.

Pagando 35 millones de pesos anuales, Fantasilandia tiene asegurada hasta el año 2022 su estadía en un espacio teóricamente verde que cuenta con un nutrido vecindario, que incluye una universidad, un “complejo gastronómico”, un estadio techado, una elipse para desfiles militares y un club de tenis.

La costumbre de llenar los parques de edificios e “infraestructura” no es exclusiva del Parque O’Higgins. El arquitecto y decano de la UDP Mathias Klotz vincula esta tendencia “a la falta de presupuesto destinado a parques, por lo que algunas autoridades ven como único medio de supervivencia, el rematar al mejor postor las mal denominadas áreas verdes. Un buen parque, tal como un buen jardín, cuesta caro, requiere mantenimiento y no genera ingresos, pero es indispensable para asegurar una mínima calidad de vida urbana”.x

Puertas adentro

Más que con un parque público, la mayoría de los chilenos ha soñado con un “pastito propio”, un patio particular para jugar con los niños y hacer un buen asado. “El modelo chileno privilegió lo privado, para bien y para mal. Son miles las casas con jardín, en un porcentaje descollante entre las grandes ciudades de cualquier continente. Ese sueño del pasto propio se relaciona con el clima, pero también con la cultura local. Santiago alcanzó un alto grado de desarrollo en esa dirección, con grandes ventajas sociales pero a costa de un empobrecimiento de los espacios públicos”, grafica Laborde.

Según el investigador urbano, “tuvimos un equilibrio hacia 1930, pero luego se perdió; lo público se volvió conflictivo, riesgoso. Recién ahora vemos surgir signos contrarios, presiones por una ciudad más urbana y madura, de mejor convivencia. Entre los jóvenes, especialmente, crece la insatisfacción ante el modelo puramente privado”. Concuerda con ello el arquitecto y paisajista Juan Grimm. “Salvo excepciones, en general no tenemos una cultura desarrollada de parques exteriores, como la que sí existía cuando se crearon parques como el Cousiño (1873) y Santa Lucía (1874)”.

La verdad es que en Santiago, tras la construcción de parques decimonónicos y de algunas meritorias iniciativas en el siglo XX, desde el Forestal hasta el Parque de los Reyes, no es demasiado lo que se avanzó en las últimas décadas. Una tendencia que pareció romper el innovador proyecto de parques urbanos en comunas periféricas, desarrollado por el Ministerio de Vivienda.

Liderado por el entonces ministro Alberto Etchegaray, el programa, a partir de 1992, buscó dotar de buenos parques a una serie de comunas de pocos recursos. Prestigiosos arquitectos y paisajistas se encargaron de diseñar espacios para acoger a modestas familias que gastaban hasta el 15 por ciento de su sueldo mensual en movilizarse hacia lejanas áreas verdes.

Así surgieron más de diez extensos espacios en Santiago – y otros tantos en regiones- , como los parques Mapuhue ( La Pintana), La Bandera (San Ramón), André Jarlan (Pedro Aguirre Cerda), que muchos habitantes del barrio alto jamás han visto, pero que hoy congregan a multitudes. “Parques como La Bandera hoy tienen un uso maravilloso; les han cambiado la vida a miles de familias”, señala la arquitecta del paisaje Cristina Felsenhardt.

Yo opino

En Europa y Estados Unidos es usual consultar a las comunidades antes de construir un parque o espacio verde. No así en Chile. “Habría sido espléndido usar esa herramienta, por ejemplo, antes de la remodelación de la Plaza de Armas”, agrega Cristina Felsenhardt.

En el caso del programa de parques del Minvu, sí se buscó integrar a los vecinos. “Se incorporó un proceso de participación que, a fin de cuentas, es el que legitima y avala los esfuerzos de la autoridad, con un compromiso de cuidado por parte de la propia comunidad, que lo siente suyo”, sintetiza el arquitecto Francisco Schmidt, uno de los coordinadores de la iniciativa del Minvu y académico de la U. Andrés Bello.

Con este fin, la psicóloga ambiental del postítulo de Arquitectura del Paisaje de la UC, Cecilia Philippi, trabajó en equipo con los arquitectos adecuando métodos de consulta basados en dibujos e imágenes fotográficas (ver recuadro) para que niños, jóvenes y adultos de ambos sexos plantearan sin miedo sus aspiraciones. Los resultados fueron interpretados junto a los diseñadores, para ser incorporados a los espacios verdes.

¿Qué opinaron los ciudadanos de Lo Espejo o La Pintana? ¿Pidieron parques tipo Disneyworld? Nada de eso. “Obtuvimos resultados muy coherentes con las posibilidades reales; nax die pidió algo imposible, pese a que nunca pusimos límites a sus sueños”, explica la psicóloga.

Lejos, la petición más repetida fue la de grandes praderas, ojalá onduladas, que no fueran interrumpidas por caminos o estructuras. Para sorpresa del ministerio, el tradicional deseo de una cancha de fútbol apareció integrado en esta pradera. Es decir, en general no se pide una cancha reglamentaria, sino que un espacio flexible de buen pasto para tenderse o jugar una pichanga, que permita a los mayores un control visual sobre los más pequeños. Zonas con árboles con buena sombra y la presencia de agua, en forma de lagunas o fuentes, también fueron peticiones recurrentes, al igual que baños públicos, rejas exteriores, flores (solicitud femenina) y piscinas públicas.

Pagando el jardinero

“Por parte del Estado ya no existe el entusiasmo ni la voluntad política de los primeros años del programa de parques urbanos”, opina la arquitecta del paisaje Myriam Beach, de la oficina Montealegre y Beach, quien participó en el diseño de varios de estos espacios, como los parques Mapuhue y André Jarlan.

Una de las grandes piedras de tope en el tema de los parques (no solo en comunas periféricas) ha sido la responsabilidad en la mantención. Muchos municipios se quejan de que no tener recursos para mantener por sí solos grandes espacios verdes.

Para Mathias Klotz, la respuesta de quien debe finaciar y mantener los parques es sencilla: el Estado. “Los parques son como el alumbrado público, incluso anteriores a este. Nadie debiera cuestionarse siquiera si deben o no estar en perfectas condiciones, y quien es el responsable de que esto así sea”.

“Los grandes parques, o el Teatro Municipal, financieramente en riesgo, son testimonios de la necesidad de un Alcalde Mayor, de una gestión de la ciudad completa con recursos proporcionados, como sucede en toda metrópoli en cualquier continente”, agrega Laborde. En este sentido, Juan Grimm también aspira a una autoridad central que, entre otras tareas, “vele por el respeto de los diseños y no permita que sean cambiados por la autoridad municipal de turno”.

A juicio de Francisco Schmidt, en materia de financiamiento “el sector público no puede desentenderse de su rol”. Aunque, en su opinión, “es posible apelar a los mecanismos de mercado, pero a favor de los parques y no de su destrucción. Las empresas podrían hacer mantenciones a cambio de una pequeña placa, como sucede en lugares de Buenos Aires. El funcionamiento del Parque Metropolitano y de parques auspiciados por empresas en La Serena y Concepción son señales de colaboración”.

Los arquitectos Hans Muhr y Cristina Felsenhardt, recientes ganadores del concurso Parque Araucano II, llaman la atención sobre la plusvalía que los parques generan en sectores de la ciudad, que se podría aprovechar a través de herramientas legales. “Es cosa de ver lo que ha sucedido en las zonas aledañas al Parque de los Reyes y otros parques más antiguos”.

Lo que viene

Pese a la triste experiencia de la Costanera Norte y sus islotes intransitables de pasto y cemento, los profesionales vinculados a la arquitectura del paisaje miran el futuro con optimismo. “En los últimos quince años percibo un gran avance. Me llena de esperanza ver el uso que hoy tienen muchos parques y la gestación de iniciativas como Protege, que busca cuidar y acercar la precordillera a los santiaguinos. Varias universidades cuentan hoy con una masa crítica que entiende del tema”, asegura Cristina Felsenhardt.

Myriam Beach también cree que las cosas mejoran. “Según los encargados del mantenimiento, en estos últimos años los daños provocados en los parques que hemos proyectado, se deben principalmente a un desgaste por uso, y no al vandalismo y la destrucción que se observaban cuando estaban recién abiertos . Creemos que refleja realmente un cambio de actitud, que ha ido creciendo, especialmente en los usuarios jóvenes”.

Todos concuerdan en la importancia de la educación. “En muchos países se estudian los parques, sus especies y obras de arte, para que el futuro ciudadano los conozca y goce de sus atributos”, explica Laborde. (Ojo: la Fundación Futuro entrega gratis una guía para profesores, que recorre las especies y características de los principales parques capitalinos).

Si estas futuras generaciones tienen suerte, podrán disfrutar de los prados del Parque La Aguada o del parque del Portal Bicentenario en Cerrillos, cuyo proyecto transforma la pista de aterrizaje en un bulevar, rodeado de espacios flexibles y lúdicos. O tal vez de una gran explanada de pasto que mira a la cordillera, con una zona boscosa similar a las quebradas de la precordillera, diseñada para el Parque Araucano II. Todos proyectos que esperan concretarse en los próximos años, siempre que las autoridades no tengan un súbito cambio de planes y cambien los diseños u objetivos del lugar. Mejor ni acordarse de lo que está pasando en el aeropuerto de Santiago.

“El parque que yo quiero”

Ni plantas semidesérticas, ni puras canchas deportivas. Las consultas populares realizadas antes de levantar los parques que construyó el Minvu evidenciaron el gusto general por grandes prados y árboles con sombra.Los matorrales (por inseguros) y el exceso de cemento fueron rechazados, así como abundaron las peticiones de escaños (siempre con respaldos), distribuidos no sólo en forma lineal, sino también bajo los árboles.

Entre los participantes emergieron necesidades activas y pasivas a la hora de usar el parque. Pasear, jugar y correr se combinaron con opciones como “estar solo” o simplemente “pensar”. Se descubrió que los juegos infantiles no eran sólo una aspiración de los niños, sino también de los jóvenes, que los ocupan para conversar y jugar.x

Las opiniones se recogieron a través de dos instrumentos. En primer lugar, dibujos grupales en que las personas proponían su “parque ideal” , conociendo el terreno elegido para el parque. El segundo: un cuestionario a través de fotos de áreas verdes, que debían clasificaar en cinco categorías, desde la mayor aceptación al máximo rechazo.

El objetivo fue un diálogo sin barreras culturales, buscando que emergieran las emociones. “El ambiente se vive más desde los sentimentos que desde la razón”, dice la psicóloga Cecilia Philippi. Según Myriam Beach, este método le fue muy provechoso a la hora de proyectar los parques. “Las herramienta de la psicología ambiental, enfocadas en forma acertada, permite acercarse a lo más íntimo del usuario, a sus anhelos y a sus sueños sobre su parque ideal”. En el caso de la tercera etapa del parque André Jarlan (que aún espera fondos), Beach buscó interpretar los anhelos generales, pero también incorporó algunas peticiones más específicas, como una cancha de palín, un espacio para skates y un lugar techado para hacer gimnasia en invierno.

 

http://diario.elmercurio.com/detalle/index.asp?id={e8b93ada-570d-4cd8-8e7c-d07aff8c9035}

Publicado en Artes y Letras El Mercurio

Domingo 19 de Marzo de 2006

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